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ESCALADA AL TEMPLO DE SAN ANTONIO Imprimir E-mail
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No va usted a creerlo, escéptico lector, pero hace unos meses, cuando el templo de San Antonio fue sometido a una profunda restauración, me subí por los andamios que rodeaban la torre principal… Así como lo leen sus ojos.
No lo hice para probarme algo que tengo demostrado, o que la ley de gravedad no ha sido conculcada, como otras muchas, fruto del desorden en que vivimos, no. Más bien lo hice para aprovechar una posibilidad que no tuvieron las dos o tres generaciones anteriores, y que no tendrán las dos o tres próximas, es decir, la de ver el templo aprisionado por andamios, como si hubiera caído en una gigantesca tela de araña.
Lo hice también porque no quiero llegar al final de mis días con la frustración de no haber hecho ciertas cosas. Lo hice arriesgando el físico, como dicen los charros; sin red protectora, ni seguro de vida, cinturón de seguridad, y a mi edad… Aunque en honor a la verdad debo decir que no llegué hasta la cúspide; ahí donde un grupo de valientes artesanos se afanaba limpiando el remate de la torre y pintándolo de rojo ladrillo, no. Porque seré temerario, pero no tonto.
Ciertamente tengo algo de experiencia en estos menesteres. Mi currículum incluye, entre otras, las azoteas de los templos de nuestra Señora de Belén, en Asientos, Nuestra Señora del Refugio en Tepezalá, el Señor del Salitre en Calvillo, las torres de catedral y, una de mis joyas, la linterna de la cúpula del Camarín de la Limpia Concepción de María, en la parte posterior del templo de San Diego, esta última cuando fue restaurada, hace unos años.
Pero San Antonio fue distinto, porque no tuve el valor de llegar a la cúspide, y es que… ¡Si viera que chiquito se ve el mundo desde allá arriba!
Verá usted: los andamios fueron colocados en gajos, con pequeños espacios entre cada estructura, que se iban cerrando conforme los armazones se acercaban a la mole de cantera. Entonces, el espacio para ascender era el que se abría entre un andamio y otro. Y ahí voy, cámara fotográfica en mano, con infinito cuidado (tanto que aquí sigo), lentamente, no sin envidia de ver a los trabajadores ir y venir, subir y bajar, como si nada; como si anduvieran en el plan. Así como para disculparme ante semejante lentitud, me dije que soy hombre de oficina, no de andamios. Y ya iba más o menos a la altura de la base del segundo cuerpo de la torre, cuando el andamio se movió, seguramente debido al impulso de algún trabajador. ¡Caray, qué impresión! Se movió como si temblara, poquito, pero lo suficiente como para incrementar mi temor. Entonces me imaginé a mi esposa viuda y mis hijos huérfanos y mi inexistente seguro de vida, y opté por descender.
Esa noche, mientras me disponía a sumergirme en el sueño, rememoré la experiencia y me dije: ¡pero qué bruto; haber desistido por tan poca cosa!, y me propuse regresar. Sin embargo no me fue posible hacerlo de inmediato, sino hasta febrero de este año. Entre tanto habían quitado las estructuras para las celebraciones del centenario del templo, y vuelto a colocarlas a mediados de enero.
De nueva cuenta me apersoné en el lugar y comencé el ascenso, sólo para truncarlo un poco más arriba que en la ocasión anterior. Ahora no fue el movimiento del andamio lo que me detuvo, sino el hecho de que las estructuras estuvieran un poco más separadas entre sí que la vez anterior, reduciendo el espacio de apoyo y, evidentemente, aumentando el riesgo. Así que, señoras y señores, eso fue todo por esta vida, y para abajo.
De cualquier manera la experiencia fue magnífica, llena de gozo por ver la ciudad desde una perspectiva novedosa, única porque, ¿se imagina? ¿Ver las mismas cosas de siempre desde un punto de vista diferente? En verdad fue una experiencia muy recomendable; renovadora, ver Aguascalientes desde esa altura, en el silencio casi pleno, apenas roto por el rumor lejano del tráfico allá abajo, o los gritos de los niños de la primaria Melquíades Moreno, o el sonido profundo de los aviones…
Luego de bajar y salir del templo, me paré enfrente unos minutos, a observar a los intrépidos hombres que maniobraban en las alturas y los andamios en los que anduve... ¡Caray, lo que hace uno por lograr una serie fotográfica! No está mal, para haber salido vivo, ¿no cree? (Sus comentarios relacionados con esta columna puede dirigirlos a Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla ).

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